LINARES 30 DE AGOSTO-65

"Tres toreros desde los lazos de las zapatillas hasta la última mora de la montera.- "

 

 

 

 

Dia 30 de Agosto de 1965

6 Toros de Juan Pedro Domecq

   - Antonio Ordoñez
   - Diego Puerta
   - Paco Camino

DIEZ OREJAS Y CINCO RABOS SE CORTARON EN LA ULTIMA CORRIDA DE TOROS DE LA FERIA DE SAN AGUSTÍN.
Comentario a la corrida de toros celebrada esta tarde en Linares, según la manera de ver de Curro Fetén, servidor de ustedes.
Tras las apoteosis toreras de la feria de Almería, pasando por la de ayer de Marbella, llegamos a este Linares, andaluz y minero que dice el cantar, para ver la corrida de esta tarde. Una corrida que había despertado gran expectación en toda Andalucía. El cartel no era para menos. Tres nombres gloriosos del toreo que han dado a la afición una gran tarde de toros. Una de esas que quedan en el recuerdo de cuantos aficionados tienen la suerte de haberla presenciado. 
Antonio Ordoñez ha vuelto a obrar el milagro asombroso de sus lances únicos, de sus verónicas académicas y vibrantes, en el primero de la tarde. Fueron seis lances y media de remate en los que no cabe mayor perfección y que fueron acogidos con una ensordecedora ovación. Ovación que no dejó de sonar gratamente en sus oídos en tanto que estuvo por la plaza con la prestancia majestuosa de su porte, la seguridad natural de su toreo y la inspiración genial de su fibra artística. La faena fue un dechado de perfecciones toreras en los ayudados, redondos de cargazón y mando y naturales exquisitos en los que tomaba a su enemigo completamente de frente, para en el momento del embroque adelantar suavemente, sin brusquedades la pierna contraria y templando, corriendo la mano al máximo, dictar normas de lo que debe ser el pase fundamental. Los de pecho, de maravillosa ligazón, los de costadillo y los adornos torerísimos, tuvieron eco y son de cante grande, haciendo que los oles y las ovaciones más delirantes bajasen de los tendidos en alud incontenible, que no dejaba escuchar la música torera. Ejecutó una superior estocada y aquello fue la locura: dos orejas, rabo, vuelta al ruedo y a esperar al cuarto. Y saltó a la arena el cuarto de Don Juan Pedro, un toro un tanto abanto al que Antonio recogió con unos capotazos eficaces para estirarse después en la maravilla de tres verónicas y media que pusieron al público en pié. Este toro lo brindó al querido compañero y amigo, entrañable amigo, gran hispanista, el periodista mejicano Ricardo Colín, que se encontraba entre barreras. El Mago de Ronda inició su trasteo con cuatro muletazos por alto, apoyando el brazo izquierdo indolentemente en las tablas, con la misma serena tranquilidad de quien está saboreando una copa de vino. Fueron cuatro muletazos en los que llevó superiormente toreado a su enemigo, con señorío, con empaque, porque hasta para beber vino -y esto era lo que parecía hacer el rondeño- hacía falta saber beberlo. Y bebió toda la brava embestida del domecq en unos derechazos de temple y mando exquisitos y en un toreo al natural, de frente, imborrable. Un toreo al natural en el que se superó todo lo que sobre normas hay escritas al efecto. Y los redondos cerrados en círculo, los pases de costadillo, los molinetes, los recortes y abaniqueos, tuvieron sabor al mejor y más auténtico toreo. Antonio Ordoñez había dictado, nuevamente, su lección de temple y armonía, hondura y clasicismo. Otra gran estocada puso en sus manos las dos orejas y el rabo de su enemigo al que, a petición del espada de Ronda, se le dio la vuelta al ruedo. Antonio I de Ronda invitó a sus compañeros de cartel, al ganadero y al mayoral, a dar triunfal vuelta recogiendo los clamores de la multitud enfervorizada.
Y Diego Puerta está imponente de casta, de gracia, valor y arte, en los dos toros más difíciles del encierro, pero a los que puso su valor sin límites y la gracia de un estilo que va ganando día a día mayores adeptos y mejores y más merecidos éxitos. Y es que Diego Puerta, corazón torero de fuerza emocional inmarchitable, tiene una tarde redonda, triunfal en las que las ovaciones y los oles forman la letanía que canta sus proezas de torero pundonoroso y artista. Su primero, áspero y un tanto descompuesto, llega tardeando a la muleta, pero Diego, que había toreado con apreturas emocionantes con el capote, le sabe pisar un terrero de gran peligro, un terreno en el que se expone lo indecible, un terreno en el que se juega hasta el sexto apellido que sin duda tiene que ser un apellido compuesto de valor y grabo. Y ese Diego Puerta está enorme en derechazos de emocionante trazado y en naturales en los que juega la mano haciendo que la música quede ahogada por los clamores de la multitud. Y como no quiere dar respiro a la emoción, cierra su inmensa faena con unas manoletinas en las que aún no comprendemos por dónde le pasaba el toro, cómo burlaba su descompuesta acometida. Faena emocionante y torerísima, con la emoción auténtica de la auténtica exposición y que el de San Bernardo cierra, rubrica con media superior y dos golpes de cruceta. Dos orejas, rabo y dos celebradas vueltas a la redonda. En el quinto forma una escandalera con ocho verónicas, media y remate echándose todo el toro por delante con el capote cogido por la esclavina. La ovación hizo trepidar la plaza. Curro Toro, clava un buen puyazo, pero se parte la vara y con medio palo, sigue picando a su enemigo que toma otra puya más. Un gran par de Almensilla y piquero y banderillero son ovacionados. El toro llega a la muleta haciendo aun más ostensibles sus defectos de echar la cara arriba y embestir en media arrancada. Pero nada importa esto a un Diego Puerta que se juega la vida en una faena emotiva y torerísima, con pases de todas las marcas en los que los ay! se rompen con los alegres oles. Mata de gran estocada, entregándose y pasea por el ruedo las dos orejas y el rabo, invitando en el triunfal recorrido a sus compañeros de terna y al mayoral. Al toro se le da una injustificada vuelta al ruedo que el público acoge con frialdad y algunos pitos.
Paco Camino, por no ser menos que sus compañeros, está soberbio de poderío, majeza y arte en el primero de su lote al que saluda con cuatro verónicas de gran calidad a las que pone el broche brillante de una media refulgente que le valen una calurosa ovación. Ovación que quedó empequeñecida cuando el camero lleva a efecto su quite de oro, su quite por chicuelinas en las que sabe aunar la gracia alada con la emoción estética y en las que, tomando al toro de frente, gira lenta y armoniosamente. La faena, iniciada con unos trincherazos antológicos, tiene la magnífica proyección. El desarrollo admirable de un toreo sobre la diestra en el que lleva superiormente embarcado a su enemigo y que remata con el pase de pecho largo, hondo y sentido. Está Paco aún mejor en el manejo de la mano izquierda. Naturales en los que templa y manda como solo él sabe hacerlo, como sólo él sabe sentir el toreo. Después. La faena, siempre dentro de los más estrictos cauces del arte, tira por caminos del adorno y la floritura, pues el toro se le viene abajo. Pero como la muleta de Paco Camino es poderosa, como manda, como templa de forma desusada, vuelve otra vez por derroteros de autenticidad, de naturalidad, de armonía de unos naturales que nadie pensaba que tuviese el toro y la obra cobra altura en una serie sublime. Había que rematar la perfecta y meritoria labor desarrollada con capa y muleta y el niño sabio la remató con una grandiosa estocada que precisó, no obstante, de dos golpes de cruceta para abatir al domecq. Dos orejas y rabo y triunfal paseo por la candente en unión de sus compañeros. Al sexto le borda seis verónicas rematadas con media que ponen al público en pié. El toro sale como con un aire, torcida la cabeza, embistiendo sin fijeza. Pese a ello, Paco le realiza una jaleada y musicada labor muletera en la que torea con gran calidad por derechazos y naturales con los consabidos remates de pecho al término de las series. La faena llega con fuerza a los tendidos que muestran su entusiasmo, pero tres entradas con el acero y tres golpes de verduguillo dejan la cosa en una gran ovación con saludos. Los tres espadas fueron despedidos con una gran ovación al abandonar la plaza. Tres toreros desde los lazos de las zapatillas hasta la última mora de la montera.-